Con una guerra de aranceles que ya llegan en el caso chino al 145%, Donald Trump rompe con el sistema de reglas de la OMC y arrastra al mundo a un escenario sin precedentes. ¿Qué intenciones tiene EEUU detrás de esta disputa? Impacto en la economía mundial y en Argentina.

Por Diego Bercholc

El pasado 2 de abril, bautizado por Donald Trump como “Liberation Day”, marcó un quiebre histórico en el sistema comercial internacional. Ese día, el expresidente estadounidense –en plena campaña de regreso– anunció la imposición de aranceles recíprocos del 10% para todos los países del mundo, con subas que alcanzan entre el 30% y el 50% para ciertas economías del sudeste asiático y África.

China, el principal blanco, soporta ahora una carga arancelaria total del 145% adicional sobre sus exportaciones a EE.UU., producto de una escalada mutua sin precedentes. De los productos chinos depende no solo buena parte del consumo importado de los consumidores de los EEUU sino también los insumos que necesita su industria.

Al colocar aranceles a mansalva y diferenciados por países, Trump dinamitó la esencia de la estructura de comercio internacional multilateral montada durante décadas sobre las reglas de la Organización Mundial del Comercio (OMC), donde no se pueden poner aranceles por países sino por productos.

La cláusula de Nación Más Favorecida y de Trato Nacional, el corazón del sistema de la OMC, impiden un trato arancelario discriminatorio entre socios comerciales o entre productos nacionales y extranjeros. Además, ante la escalada arancelaria y la aplicación de aranceles retaliatorios en respuesta, no hay una autoridad superior a las partes que pueda ponerle fin mediante un mecanismo de solución de controversias. Se abre así una era de comercio global sin reglas claras, donde la aplicación de aranceles según el país de origen vulnera décadas de consenso multilateral.

En otro orden de ideas, hay otra cuestión muy importante que va asomando, que es el trato dispar que va recibiendo China respecto a los demás países del mundo. En efecto, ante la reacción negativa de los mercados financieros internacionales que tuvieron caídas excepcionales en las últimas semanas, ayer Trump salió a anunciar una prórroga de 90 días y un recorte de 10% del arancel recíproco para más de 75 naciones se comunicaron para iniciar negociaciones y que no tomaron represalias por la suba de aranceles de los EEUU.

Al respecto, en una entrevista reciente, el Secretario del Tesoro de Trump, Scott Kenneth Bessent, expresó claramente cuál es el quid geopolítico de la cuestión, desde la visión norteamericana: “El escenario soñado sería lograr un acuerdo para un rebalanceo, donde China consuma más y produzca menos, mientras que EE.UU. produzca más y consuma menos”.

En este sentido, nos recuerda el especialista Esteban Actis que China actualmente produce un tercio de la producción mundial, pero solamente consume un décimo, y ahí está la clave del desbalace.

Según Bessent, la política arancelaria de Trump apunta a romper el modelo de negocio chino, cuyo principal mercado de colocación de productos es EEUU, por lo que en los próximos años China se vería forzado a sentarse a negociar un nuevo orden del comercio internacional. Paradójicamente, China, que se sumó a la OMC recién en 2001 y se convirtió rápidamente en la gran fábrica de manufacturas del mundo, hoy queda como el abanderado del multilateralismo y el libre comercio en el mundo.

Lo cierto es que el impacto económico de la guerra comercial ya se hace sentir con fuerza: Los mercados financieros vienen teniendo semanas negras y las compañías pierden hasta un tercio de su valor, previendo que tanto la economía de los EEUU como la economía mundial pueden caer en recesión.

La suba de aranceles presumiblemente haría subir los precios internos y eso empujaría a la baja la demanda y la producción. La previsión de crecimiento para EE.UU. cayó a un máximo del 0,5% anual, mientras que la inflación núcleo se disparó al 4,7%. En su reciente columna en LN+, Carlos Pagni mostró cómo el iPhone 16 podría subir hasta un 54% por el encarecimiento de insumos importados, como procesadores taiwaneses, pantallas coreanas y baterías chinas.

La Reserva Federal enfrenta ahora un dilema complejo, con una inflación al alza y riesgo creciente de recesión: JP Morgan elevó su pronóstico de recesión en EE.UU. de 40% en marzo al 60% actual.

Mientras tanto, en Argentina, los coletazos internacionales agravan un frente cambiario ya frágil. El “fly to quality”, el desarme de posiciones en pesos y la búsqueda de cobertura producto de la crisis financiera, le pone más presión a los dólares paralelos y a las alicaídas reservas del BCRA, que ya vendió casi US$ 8 mil millones en los últimos 3 meses. A esto se suman la caída de los precios de los commodities y las devaluaciones de monedas en países emergentes, que erosionan la competitividad argentina.

La Cámara de Exportadores (CERA) alertó esta semana sobre la necesidad urgente de mejorar la competitividad interna, especialmente en áreas como impuestos, logística, facilitación del comercio y financiamiento.

En este contexto volátil, el gobierno argentino anunció con apuro un acuerdo a nivel staff con el FMI por US$ 20.000 millones de dólares y la renovación del swap chino. Pero persisten incógnitas clave: ¿implicará esto el fin del cepo? ¿Habrá un salto cambiario que acelere aún más la inflación? Las respuestas aún no están claras, en un mundo donde las reglas del juego están cambiando a gran velocidad.

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