A partir de la siguiente publicación de La Nación: https://www.lanacion.com.ar/sociedad/asi-se-inundo-bahia-blanca-nid06032026/, se refuerza una problemática que, lejos de ser excepcional, presenta una recurrencia creciente y un impacto cada vez más significativo sobre nuestras ciudades.
Por Raúl Cáceres,
Director de Ingeniería Hidráulica
Serman & Asociados
Al igual que en numerosos países, donde semanalmente se registran pérdidas humanas y daños económicos significativos, en el contexto argentino este fenómeno adquiere una relevancia particular por su impacto extendido sobre la población, la infraestructura crítica y el funcionamiento sistémico de las ciudades.
La ocupación del territorio sin una adecuada planificación hidráulica, sumada a la alteración de los patrones naturales de escurrimiento y a un escenario global condicionado por el cambio climático, incrementa la exposición y la vulnerabilidad frente a eventos cada vez más intensos y concentrados.
Las consecuencias exceden ampliamente el daño visible: interrupciones prolongadas del suministro eléctrico, colapso de sistemas cloacales, afectación del transporte, paralización de actividades económicas, especialmente en sectores informales, pérdida de bienes esenciales y situaciones críticas para poblaciones vulnerables, como adultos mayores y niños sin acceso a servicios básicos.
Desde el punto de vista técnico, se observa un desfasaje creciente entre las nuevas condiciones de intensidad y recurrencia de las precipitaciones, y la capacidad de respuesta de infraestructuras diseñadas bajo supuestos hidrológicos hoy superados.
En este contexto, resulta imprescindible actualizar los criterios de diseño hidráulico, incorporar sistemas de monitoreo, pronóstico y alerta temprana con validación operativa en tiempo real, e integrar la gestión del riesgo hídrico como eje estructural en la planificación urbana.
Existe además un factor crítico, durante períodos prolongados de sequía, la percepción social del riesgo se atenúa, debilitando la preparación frente a eventos extremos.
Por su parte, las ciudades actuales dependen de redes complejas de movilidad, servicios y logística. Cuando estas fallan, los efectos se propagan rápidamente y afectan con mayor intensidad a los sectores más vulnerables.
Por ello, la gestión del riesgo de inundaciones no puede reducirse a respuestas reactivas. Requiere planificación técnica rigurosa, continuidad en las políticas públicas y una intervención profesional que priorice la resiliencia urbana por sobre enfoques coyunturales.
El desafío no es únicamente hidráulico. Es estructural, porque involucra la forma en que planificamos y ocupamos el territorio, cómo diseñamos nuestras infraestructuras, cómo se organizan las instituciones y cómo funcionan, en conjunto, los sistemas urbanos.
Las inundaciones no solo evidencian déficits en la capacidad de drenaje, sino también en la coordinación institucional, en la actualización de normativas, en la gestión del riesgo y en la protección de los sectores más vulnerables. Abordarlas de manera efectiva exige una visión integral y sostenida en el tiempo, donde la ingeniería, la planificación territorial y la política pública actúen de manera articulada.
En este sentido, resulta especialmente valioso el aporte técnico de Leandro Kazimierski y Mariano Re del Instituto Nacional del Agua, así como de los especialistas de la Universidad Nacional del Sur: Federico Berón de La Puente, Yamila Lambrecht y Paula Zapperi. Reforzar este mensaje es clave para que la gestión del riesgo hídrico deje de ser reactiva y pase a ocupar un lugar central en la agenda pública.








