El país fue ubicado en el puesto 15 del ranking mundial de productores de gas natural, con una producción anual cercana a los 48.000 millones de metros cúbicos. Sin embargo, el verdadero punto de inflexión no pasa solo por el recurso disponible, sino por la capacidad de transformar ese crecimiento en infraestructura, competitividad y reglas estables para exportar a gran escala.

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La Argentina volvió a meterse en la conversación energética global. El dato que funcionó como disparador fue su ubicación en el puesto 15 del ranking mundial de productores de gas natural, con una producción anual equivalente a casi 48.000 millones de metros cúbicos, según una elaboración difundida por Visual Capitalist y replicada en medios nacionales. 

Pero detrás del número hay algo más importante que un cambio de posición en un ranking. Lo que empieza a quedar en evidencia es que el país ya no discute solo su potencial geológico, sino la posibilidad concreta de transformarse en una plataforma exportadora de gas y petróleo. Esa es, justamente, la lectura que hace la Cámara de Exploración y Producción de Hidrocarburos (CEPH), que sostiene que por primera vez en la historia Argentina dispone de recursos para abastecer la demanda local y, al mismo tiempo, proyectarse hacia el mercado mundial. 

La cuestión de fondo, sin embargo, no es si existe recurso. La cuestión es si el país podrá crear, en tiempo y forma, las condiciones económicas, regulatorias y logísticas para aprovechar esa oportunidad.

Del crecimiento productivo al desafío exportador

El avance de la producción argentina no es una percepción aislada. La U.S. Energy Information Administration (EIA) destacó que durante los primeros nueve meses de 2024 la producción de gas natural del país promedió 5,0 Bcf/d, un 5,2% más que en igual período del año anterior, y que en agosto alcanzó 5,4 Bcf/d, el volumen mensual más alto en más de dos décadas. Además, la agencia señaló que Vaca Muerta ya explica más del 70% de la producción gasífera argentina

Ese crecimiento ayuda a entender por qué la CEPH plantea un cambio de escala. En su presentación de abril de 2026, la entidad remarcó que Argentina cuenta con recursos hidrocarburíferos para abastecer la demanda local de petróleo por más de un siglo y, en el caso del gas natural, por dos siglos. Pero también dejó en claro que ese potencial no se traducirá automáticamente en exportaciones: para alcanzar el pleno desarrollo del sector será necesario un fuerte incremento de la inversión, precios alineados con los mercados internacionales y un régimen regulatorio que incentive la expansión productiva. 

Ahí aparece el verdadero eje de la discusión. El ranking internacional puede servir como señal de posicionamiento, pero el salto estructural dependerá menos del lugar que hoy ocupa el país en la tabla y más de su capacidad de construir una salida exportadora competitiva.

Infraestructura, financiamiento y regulación: la condición para escalar

La propia CEPH vincula sus escenarios de crecimiento a un conjunto de obras y decisiones concretas. En su escenario expansivo, la producción gasífera crecería apoyada en la instalación de casi 24 MTPA de capacidad de licuefacción, la ampliación de transporte desde la cuenca neuquina, el adelanto de obras como Tratayén–La Carlota y el desarrollo de gasoductos dedicados para abastecer terminales de GNL. En paralelo, prevé que el oleoducto Vaca Muerta Sur eleve su capacidad hasta 700 kbbl/d a inicios de 2028. 

No se trata de un detalle técnico menor. Es, en rigor, el corazón del problema. La Argentina puede producir más, pero para monetizar ese crecimiento necesita capacidad de evacuación, licuefacción, transporte y salida al mercado externo. En otras palabras: necesita transformar producción en logística exportadora.

La CEPH también subraya que la probabilidad de llegar a esos escenarios estará asociada a las condiciones macroeconómicas que imperen en la Argentina. El documento advierte que un sendero de crecimiento sostenible, con menor costo de financiamiento y mayor ingreso de inversión extranjera directa, será determinante para expandir la inversión. A eso suma un punto sensible: para competir en el mercado internacional, el país necesitará mejorar su competitividad y posiblemente avanzar con medidas como la extensión de beneficios del RIGI a la producción hidrocarburífera, la eliminación de retenciones a las exportaciones y una carga fiscal más competitiva en las cuencas productoras. 

La lectura es clara: el recurso existe, pero no alcanza por sí solo. Sin previsibilidad, financiamiento y obras, la promesa exportadora corre el riesgo de quedar atrapada en el plano del potencial.

Una proyección ambiciosa, atada a condiciones concretas

La magnitud de la oportunidad aparece con nitidez en las proyecciones de la propia cámara empresaria. En el escenario expansivo, la balanza comercial energética podría mostrar en 2035 exportaciones por USD 41.758 millones, importaciones por USD 4.080 millones y un saldo positivo de USD 37.678 millones

Esa cifra ayuda a explicar por qué el debate energético dejó de ser una discusión sectorial para convertirse en un tema estratégico para la macroeconomía argentina. La CEPH recuerda, de hecho, que el sector pasó de un déficit externo de USD 4.300 millones en 2022 a un superávit de USD 5.730 millones en 2024 y de USD 7.829 millones en 2025, aportando más divisas gracias al aumento de exportaciones y a la reducción de importaciones energéticas. 

Sin embargo, sería un error leer esas proyecciones como un resultado garantizado. El propio documento de la cámara las presenta como escenarios cuya concreción dependerá de factores locales e internacionales. Por eso, más que anunciar una inevitabilidad, el trabajo funciona como una advertencia: si la Argentina pretende aprovechar el momento, deberá resolver rápido los factores que hoy condicionan la escala.


La ventana internacional del gas no estará abierta para siempre

Otro de los argumentos que empujan esta agenda es la lectura sobre la demanda global. La CEPH afirma que la transición energética abre una ventana de oportunidad acotada en el tiempo, y que por eso la inversión en el corto y mediano plazo es crucial para no desaprovechar una coyuntura internacional favorable. 

Las proyecciones internacionales acompañan esa idea, aunque con matices. La IEA, en su escenario de políticas declaradas (STEPS), proyecta que la demanda global de gas natural crecerá cerca de 1% anual hasta 2035 y luego se estabilizará. No se trata, por lo tanto, de una expansión indefinida, pero sí de un horizonte que todavía le asigna al gas un papel relevante dentro del sistema energético global, especialmente en contextos de abundante oferta de GNL. 

Ese dato es central para la Argentina. La oportunidad existe, pero tiene plazo político, financiero y comercial. El desafío no pasa solo por producir más gas, sino por llegar a tiempo con las condiciones necesarias para insertarlo en el mercado mundial.

Más allá del ranking

La novedad del puesto 15 sirve para mostrar que la Argentina ganó volumen y protagonismo. Pero el punto más importante no está en el ranking, sino en lo que ese crecimiento obliga a discutir. Desde ahora, la pregunta no es únicamente cuánto gas puede producir el país, sino cómo lo va a sacar al mundo, con qué infraestructura, bajo qué reglas y con qué nivel de competitividad.

Ahí es donde se juega la verdadera historia. Porque si el recurso ya dejó de ser la principal limitación, el próximo capítulo dependerá de la capacidad de convertir ese activo en una política de desarrollo exportador sostenida. Y ese paso, a diferencia del ranking, no lo define la geología: lo define la decisión de invertir, planificar y dar previsibilidad.

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