La cancelación de proyectos, la falta de demanda firme y los altos costos amenazan con dejar al hidrógeno verde como una promesa postergada. Europa, Australia y América Latina enfrentan los desafíos de una transición que no despega.

Violeta García, GlobalPorts

Hasta hace poco, el hidrógeno verde ocupaba un lugar destacado en los discursos oficiales, las estrategias energéticas y los planes de descarbonización del planeta. Era, para muchos, la molécula del futuro: versátil, limpia, producida con fuentes renovables y capaz de descarbonizar sectores difíciles como el acero, el transporte marítimo o la industria química. Sin embargo, esa narrativa optimista comienza a resquebrajarse. En las últimas semanas, gobiernos y empresas de Europa, Asia y Oceanía comenzaron a retroceder, dejando en evidencia que el camino hacia el desarrollo masivo del hidrógeno verde es más empinado de lo que se preveía.

Un reciente informe publicado por Reuters revela una ola de cancelaciones, recortes y postergaciones de proyectos que pone en duda el cumplimiento de las metas de producción para 2030. Solo en Europa, se esperaba alcanzar una capacidad instalada de 40 gigavatios (GW), pero las proyecciones más realistas no superan los 12 GW. Australia, por su parte, sufrió un golpe significativo con la retirada de BP del megaproyecto Pilbara, valorado en USD 55.000 millones. 

En América Latina, aunque Chile, Brasil y Colombia siguen apostando al hidrógeno verde como vector de desarrollo exportador, enfrentan obstáculos similares: infraestructura incipiente, marcos regulatorios poco claros y una demanda industrial aún esquiva.

La razón de este repliegue es, en gran parte, económica. Hoy, producir hidrógeno verde cuesta entre dos y tres veces más que su alternativa gris, obtenida a partir de gas natural. El precio por megavatio hora (MWh) ronda los 150 euros, frente a los 30 o 40 euros del gas. A esto se suma el alto costo de los electrolizadores, la falta de redes de transporte adecuadas y la ausencia de compradores comprometidos a largo plazo. Los subsidios, como los 400 millones de euros ofrecidos por España y Portugal, no alcanzan para cubrir la brecha de rentabilidad si no hay una demanda firme y sostenida.

La industria lo sabe, y algunas empresas comenzaron a cambiar de rumbo. En lugar de insistir con modelos integrales de producción, almacenamiento y exportación de hidrógeno, ahora se observan estrategias más acotadas: generación para autoconsumo en plantas industriales, proyectos piloto a pequeña escala o alianzas con sectores específicos como la aviación o el transporte ferroviario. Pero estos cambios, aunque necesarios, no alcanzan —por ahora— para mantener el ritmo que exigen los compromisos internacionales sobre reducción de emisiones.

La reflexión que deja este freno es profunda. ¿Fue demasiado ambicioso el relato en torno al hidrógeno verde? ¿Se subestimaron las barreras tecnológicas, financieras y logísticas? ¿O se trata simplemente de un reacomodamiento inevitable en todo proceso de innovación disruptiva? 

Como en toda transición, el entusiasmo inicial necesita ser seguido por una fase de maduración técnica, regulatoria y comercial. El riesgo, sin embargo, es que esta pausa derive en desconfianza, desinversión o abandono, justo cuando más se necesita una agenda climática coherente.

Mientras tanto, las metas de neutralidad de carbono para 2050 comienzan a verse amenazadas. Si el hidrógeno verde no logra despegar, habrá que repensar en qué tecnologías se puede confiar para reemplazar los combustibles fósiles en sectores que no admiten electrificación directa. El reloj climático no se detiene, y la comunidad internacional enfrenta el desafío de equilibrar realismo y ambición.

En esta encrucijada, el hidrógeno verde ya no es solo una promesa tecnológica: es un test de madurez para la política energética global.

Con información Reuters, de la International Energy Agency (IEA), International Renewable Energy Agency (IRENA), McKinsey & Company y BloombergNEF

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