Vaca Muerta ya convirtió el potencial energético argentino en exportaciones reales. Ahora, el desafío es que la infraestructura portuaria y logística esté a la altura de ese salto.
Por Violeta García
El mercado mundial del petróleo y del gas natural licuado atraviesa una etapa de redefiniciones profundas. La geopolítica, la seguridad de abastecimiento y la propia transición energética están reordenando los flujos comerciales y abriendo una carrera silenciosa entre países que buscan posicionarse como proveedores confiables de energía en los próximos años. En ese mapa, donde históricamente Argentina aparecía como un actor regional, comienzan a surgir datos que la ubican en otra conversación: la de los exportadores con escala potencial.
Ese intento ya no se apoya solo en proyecciones técnicas, sino en cifras concretas que nacen en Vaca Muerta. Según datos de la U.S. Energy Information Administration (EIA) y estadísticas de la Secretaría de Energía de la Nación, Argentina pasó de exportar alrededor de 30.000 barriles diarios de petróleo en 2017 a 128.000 barriles por día en 2023. Durante 2024, el promedio rondó los 175.000 barriles diarios, con un valor estimado superior a los US$ 5.000 millones en ventas externas, de acuerdo con registros del INDEC y análisis de la Bolsa de Comercio de Córdoba.
Cerca del 70% de ese volumen proviene del no convencional neuquino, de acuerdo con informes técnicos de la EIA y reportes del Gobierno de Neuquén. Las proyecciones del Instituto Argentino del Petróleo y del Gas (IAPG) y de consultoras internacionales como Rystad Energy coinciden en que, si se sostiene el ritmo de crecimiento y se acompaña con infraestructura, hacia 2030 Argentina podría acercarse a 750.000 barriles diarios exportables.
Buena parte de este nuevo flujo encuentra su salida marítima en Puerto Rosales, que se ha convertido en una pieza central del nuevo esquema energético exportador.
Sin embargo, el dato que verdaderamente modifica el posicionamiento argentino no está solo en el crudo, sino en el gas. El hito más significativo del último tiempo es comercial. Un consorcio integrado por Pan American Energy, YPF, Pampa Energía, Harbour Energy y Golar LNG firmó con la empresa alemana SEFE un contrato para exportar hasta 2 millones de toneladas anuales de GNL durante ocho años a partir de 2027. La información surge de comunicados oficiales de las compañías involucradas y fue confirmada por coberturas de Reuters y World Oil.
Ese volumen equivale aproximadamente al 80% de la capacidad del buque licuefactor Hilli Episeyo, que operará en el Golfo San Matías, según información técnica publicada por Golar LNG y presentaciones del proyecto ante autoridades de Río Negro.
Detrás de ese contrato aparece un plan de mayor escala. El proyecto Argentina LNG, impulsado por YPF junto a socios como Eni y XRG, prevé desarrollar un esquema de unidades flotantes de licuefacción (FLNG) que, en su fase inicial, alcanzaría 6 millones de toneladas anuales y que, en etapas posteriores, podría escalar hasta 18 millones de toneladas. Estos datos surgen de la presentación institucional oficial del proyecto difundida por YPF.
Este salto exportador se apoya en un trasfondo productivo que también muestra números consistentes. Datos de la Secretaría de Energía difundidos por Reuters indican que la producción de gas seco en Vaca Muerta creció 16% interanual en el primer trimestre de 2025 y alcanzó alrededor de 2,1 Bcf diarios, un volumen que no solo cubre el mercado interno y las exportaciones regionales, sino que comienza a alimentar la futura estructura de GNL.
Al mismo tiempo, la balanza energética argentina cerró 2025 con un superávit histórico. Según estadísticas oficiales del INDECy reportes de la Bolsa de Comercio de Córdoba, entre 2020 y 2025 las exportaciones de combustibles y energía pasaron de US$ 2.800 millones a cerca de US$ 9.000 millones. La energía dejó de ser un problema de divisas para convertirse en un generador de dólares.
Visto en conjunto, estos datos permiten afirmar que Argentina ya es un exportador creciente de crudo, que ya firmó contratos de GNL de largo plazo con Europa, que ya definió la localización marítima de su polo de licuefacción en Río Negro y que ya consolidó un superávit energético sostenido. Lo que todavía está en construcción —y será decisivo— es la infraestructura portuaria, marítima y logística capaz de sostener esta nueva escala.






