Los astilleros y operadores portuarios de Estados Unidos están sufriendo un golpe inesperado por la ofensiva del presidente Donald Trump contra la energía eólica marina.
Redacción GlobalPorts
La campaña, que ha implicado órdenes de suspensión de trabajos y revisiones drásticas de permisos para proyectos a gran escala impulsados bajo la política verde del expresidente Joe Biden, ha desencadenado “efectos colaterales” de gran alcance en el sector marítimo: cancelaciones de financiación gubernamental por cientos de millones de dólares, pedidos de naves especializadas que simplemente no se concretan, y un panorama de inversiones con signo de interrogación.
Trump ha calificado la energía eólica marina como una tecnología “antiestética” e “ineficiente”, que —en su opinión— perjudica a las ballenas y aves. Al mismo tiempo, ha declarado que el fortalecimiento de las industrias navieras y portuarias de EE.UU. es clave para disputar la competencia global por el comercio y la supremacía en alta mar.
“Su argumento es contraproducente”, afirma Joe Orgeron, representante estatal republicano de Luisiana y ex-propietario de una empresa de embarcaciones offshore. “La industria eólica marina fue responsable de numerosos pedidos de navíos en los últimos años. Todo eso se detuvo de repente”, lamentó.
Financiamiento retirado, pedidos que se evaporan
La medida más visible ha sido la cancelación de más de 679 millones de dólares en financiamiento federal del Departamento de Transporte de los Estados Unidos, destinado a puertos que habían apostado por la energía eólica marina. Entre ellos, una subvención de 34 millones de dólares para una instalación en Salem, Massachusetts, que se esperaba generara 75 millones en ingresos fiscales durante 20 años y creara 800 empleos.
Paralelamente, los pedidos de nuevas naves de servicio offshore —diseñadas para instalar turbinas marinas o transportar trabajadores y equipos— prácticamente han desaparecido. Según el grupo comercial Oceantic Network, luego de un activo 2024 en el que se lanzaron al menos diez embarcaciones estadounidenses construidas para este fin, el mercado se ha detenido. Algunos buques ya construidos están siendo vendidos o trasladados a otros mercados internacionales, lo que refleja la magnitud del frenazo.
La oleada de impacto no se limita a los astilleros. Más de dos decenas de puertos en EE.UU. que estaban desarrollando infraestructura para la eólica marina ahora tambalean. Muchos perdieron financiamiento crítico cuando la administración canceló 12 subvenciones federales por un total de 679 millones de dólares, afectando proyectos en estados como Massachusetts, Nueva York, California, Maryland y Virginia.
En el norte de California, el puerto de Humboldt Bay —que perdió 426,7 millones de dólares— prevé un retraso de al menos cinco años, mientras que en Norfolk, Virginia, una terminal logística marítima se vio obligada a redefinir su orientación para alinearse con las nuevas prioridades gubernamentales.
La administración Trump sostiene que el país puede revitalizar su industria naval y portuaria sin depender de la energía eólica marina. “Esta administración restaurará la supremacía marítima de EE.UU. modernizando nuestros puertos y ampliando nuestra capacidad de construcción naval para competir con la China comunista”, declaró el Departamento de Transporte. Añadió: “También lo estamos haciendo de la manera más rápida y rentable posible, dos atributos completamente ausentes en la fabricación de energía eólica marina”.
Sin embargo, para los actores del sector, el razonamiento no cierra. Durante los últimos años, la expansión de la eólica marina había actuado como un verdadero motor de inversión para astilleros, puertos y fabricantes de equipamiento pesado. Al cortar ese impulso, la cadena industrial entera se ve afectada: menos pedidos de acero, menos construcción, menos empleo y un retroceso tecnológico en segmentos donde Estados Unidos recién comenzaba a competir con Europa y Asia.
Claves para entender el fenómeno
El golpe a la industria eólica marina estadounidense no puede analizarse solo desde la óptica energética, sino también desde su entramado industrial y logístico. En los últimos años, el impulso a la energía eólica marina había generado una cadena de valor que unía a desarrolladores, constructores navales, fabricantes de acero y operadores portuarios bajo una misma dinámica de crecimiento. Esa sinergia, que dio lugar a más de 5.000 millones de dólares en inversiones portuarias y más de 1.800 millones en pedidos de buques, se quebró de forma abrupta con las medidas de la nueva administración.
La política pública fue el punto de inflexión. La orden ejecutiva de enero de 2025 congeló las nuevas licencias y permisos para proyectos eólicos marinos, cortando el flujo de inversiones en curso y dejando en suspenso la planificación de proyectos a largo plazo. La incertidumbre se extendió como una ola: sin garantías regulatorias, las empresas redujeron su exposición financiera y los astilleros se quedaron sin contratos que justificaran nuevas líneas de producción.
El repliegue no solo retrasa la transición energética estadounidense, sino que también erosiona capacidades industriales que se estaban recuperando tras décadas de declive. Los buques especializados, diseñados para instalar turbinas o tendidos submarinos, no pueden reconvertirse fácilmente a otros usos. Cada cancelación implica años de trabajo perdido, tecnología subutilizada y miles de empleos en riesgo.
Incluso las previsiones más optimistas se han ajustado a la baja. Según la consultora Wood Mackenzie, la expectativa de crecimiento de la energía eólica marina en EE.UU. cayó un 40 % para los próximos cinco años, reflejo directo del nuevo clima político. Y aunque algunos funcionarios sostienen que el país podrá reorientar sus inversiones hacia proyectos marítimos tradicionales, el consenso en la industria es otro: sin un compromiso estable y de largo plazo con la energía eólica marina, el renacimiento industrial del sector portuario y naval estadounidense quedará una vez más en el terreno de las promesas.
¿Y ahora qué?
El futuro del sector marítimo-portuario vinculado a la eólica marina en EE.UU. queda en un limbo. Si los proyectos de infraestructura, los contratos de construcción y la innovación tecnológica se paralizan, la ventana para recuperar el impulso se estrecha. Algunos puertos intentan adaptarse, buscando diversificar sus fuentes de ingresos o reconvertir instalaciones, pero la magnitud del golpe deja huellas profundas.
Para los astilleros y constructores, la pregunta central es si podrán encontrar nuevos mercados o sostener la capacidad instalada sin depender del “boom” de la eólica marina que se esperaba. Desde una mirada más amplia, este episodio quedará como un recordatorio de que las políticas energéticas no solo definen matrices de generación, sino también el destino de las industrias marítimas que las acompañan.
Fuentes: Reuters / AP News/ Westlaw/ Indexbox






