Lic. Eduardo A. Putruele*
En pleno debate sobre el futuro de la Hidrovía Paraná-Paraguay y las obras de dragado que definirán el perfil logístico de la región por décadas, el río Uruguay sigue quedando al margen de las grandes decisiones estratégicas. Su acceso al canal principal, crucial para el funcionamiento pleno de puertos como el de Concepción del Uruguay, permanece condicionado por pasos críticos que limitan su operatividad y lo alejan del circuito de grandes cargas internacionales.
Mientras tanto, nuestros vecinos avanzan con proyectos de gran calado en la costa atlántica. Brasil ha convertido a sus puertos de aguas profundas en verdaderos centros logísticos globales, con fuertes inversiones en infraestructura financiadas por bancos de desarrollo como el BID y por capitales chinos enmarcados en la llamada «Nueva Ruta de la Seda».
El puerto de Pecém, en el noreste brasileño, es un ejemplo de esta política: cuenta con una Zona de Procesamiento de Exportación (ZPE), conexión directa con Asia, y es uno de los polos estratégicos del corredor bioceánico que articula la producción sudamericana con los mercados globales.
Uruguay, por su parte, aunque aún no ha concretado su ambicioso puerto de aguas profundas en Rocha, mantiene viva la intención estratégica. El proyecto ha contado con financiamiento técnico del BID y respaldo político desde hace décadas, a pesar de los vaivenes de su ejecución. En paralelo, Montevideo continúa su expansión portuaria, consolidándose como un nodo de transbordo para la región y atrayendo crecientes volúmenes de carga argentina, paraguaya y boliviana.
Ante este panorama, la falta de una política activa sobre el río Uruguay no solo implica una oportunidad desaprovechada, sino una desventaja creciente frente a países que sí entienden el papel estratégico de sus costas atlánticas.
Los puertos entrerrianos del litoral del Uruguay tienen la infraestructura, el conocimiento técnico y la ubicación geográfica para integrarse a los grandes corredores comerciales. Sin embargo, requieren obras de dragado sostenido y gestión binacional con Uruguay para garantizar su conectividad con el Atlántico.
El reclamo por una profundidad uniforme de 34 pies en los principales accesos fluviales del país –incluyendo el Paraná Guazú y el Bravo– se vuelve una pieza clave para la competitividad nacional. Pero no puede quedarse solo en los brazos del Paraná: debe incorporar con la misma decisión el eje del Uruguay, si se quiere un sistema verdaderamente federal y eficiente.
La agenda portuaria argentina necesita mirar hacia el Este, no solo hacia el Norte. El río Uruguay, con sus ciudades-puerto históricas y su potencial de desarrollo productivo y logístico, no puede seguir siendo la costa olvidada del Cono Sur.

*Lic. Eduardo A. Putruele, Vicerrector de Producción y Emprendedurismo U.C.U.






