Por GlobalPorts

La infraestructura digital volvió a ocupar un lugar central en la agenda geopolítica y logística regional tras conocerse el avance de un proyecto para instalar un nuevo cable submarino de fibra óptica que conectaría América Latina con Asia, impulsado por empresas chinas.

La iniciativa, que tendría a China como actor tecnológico principal, generó lecturas contrapuestas y reactivó tensiones con Estados Unidos, en un contexto donde más del 95% del tráfico global de datos depende de este tipo de infraestructura.

Lejos de limitarse al plano tecnológico, el debate se extiende al terreno logístico, portuario y de las infraestructuras críticas, con implicancias directas para los países de la región.

Los cables submarinos no solo sostienen las comunicaciones cotidianas: son corredores invisibles del comercio global, esenciales para el funcionamiento de sistemas portuarios, cadenas logísticas digitalizadas, plataformas de comercio exterior, servicios financieros, seguros, monitoreo satelital y trazabilidad de cargas.

Desde esta perspectiva, diversificar rutas de conectividad internacional aparece como uno de los principales argumentos a favor del proyecto. Para varios países latinoamericanos, contar con una conexión directa con Asia podría reducir latencias, mejorar redundancias y disminuir la dependencia de nodos tradicionales ubicados en Norteamérica.

En particular, Chile ha sido mencionado como posible punto de amarre del cable, reforzando su rol como hub digital y logístico del Pacífico Sur, en línea con su posicionamiento portuario y comercial hacia los mercados asiáticos.


Temores vinculados a seguridad y gobernanza

Al mismo tiempo, el proyecto despertó preocupaciones vinculadas a la seguridad de las comunicaciones, la gobernanza de los datos y la resiliencia de las infraestructuras críticas. Analistas y gobiernos occidentales advierten que los cables submarinos son activos sensibles, tanto por su vulnerabilidad física como por su relevancia estratégica.

Entre los temores señalados aparecen:

  • La concentración tecnológica en manos de grandes potencias.
  • La falta de claridad sobre los marcos regulatorios y de control de los datos que circulan por estas infraestructuras.
  • El riesgo de que las disputas geopolíticas se trasladen a redes que sostienen operaciones logísticas, financieras y portuarias esenciales.

Desde esta mirada, Estados Unidos y sus aliados vienen impulsando esquemas alternativos de conectividad, subrayando la necesidad de estándares internacionales, transparencia y diversificación de proveedores.


Una disputa que atraviesa al comercio y a los puertos

Para el sistema logístico-portuario latinoamericano, el debate no se reduce a una puja entre potencias. La cuestión de fondo es cómo garantizar conectividad confiable, segura y competitiva, en un escenario donde la digitalización es clave para ganar eficiencia, reducir costos y sostener la integración al comercio internacional.

Los puertos, cada vez más dependientes de sistemas digitales —desde turnos y gates automatizados hasta gestión de tráfico marítimo y documentación electrónica—, observan con atención cómo estas decisiones de infraestructura pueden reconfigurar flujos, tiempos y dependencias tecnológicas.


Infraestructura crítica en un mundo fragmentado

El avance del proyecto chino se inscribe en una tendencia más amplia: la fragmentación de las infraestructuras globales, donde energía, transporte, telecomunicaciones y logística pasan a ser leídas también en clave geopolítica.

En ese marco, América Latina aparece no solo como usuaria, sino como territorio estratégico de paso y conexión, obligada a equilibrar oportunidades de inversión, necesidades de desarrollo y resguardos institucionales.

Más que una definición binaria, el debate sobre el nuevo cable submarino expone un desafío central para la región: cómo integrarse a la economía digital global fortaleciendo su autonomía logística y su capacidad de decisión sobre infraestructuras críticas.

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