La caída de 5,8% en el movimiento de contenedores en septiembre pone fin a un ciclo de crecimiento excepcional y reabre el debate sobre la estabilidad del comercio internacional.

Redacción GlobalPorts

Después de varios meses de resultados históricos, los principales puertos de Estados Unidos atraviesan un giro abrupto. Según datos de S&P Global difundidos por Transport Intelligence (Ti), los volúmenes de carga contenerizada cayeron un 5,8% interanual en septiembre, marcando un cierre de año con tendencia descendente. El cambio de escenario ocurre apenas semanas después de que el Puerto de Los Ángeles registrara en julio el mejor desempeño mensual de su historia, con 1,02 millones de TEUs movilizados.

De la euforia al repliegue

El repunte estival había sido impulsado por importadores que adelantaron embarques durante la breve tregua en la guerra arancelaria entre Washington y Pekín. Pero la reanudación de las tarifas a partir de septiembre interrumpió esa dinámica y provocó una contracción inmediata en la demanda, reflejándose en un freno generalizado del comercio exterior estadounidense.

En Los Ángeles, el principal puerto de contenedores del país, los volúmenes retrocedieron 7,5% interanual, con importaciones cayendo 7,6% y exportaciones apenas estables. El fenómeno no fue aislado: informes de Descartes Systems Group y Reuters señalan que el conjunto de las importaciones contenerizadas hacia Estados Unidos cayó 8,4% interanual, con una baja del 22,9% en los bienes provenientes de China.

Una economía que se desacopla

El comportamiento del comercio exterior norteamericano deja ver una paradoja: las medidas proteccionistas no se han traducido en un aumento de la producción doméstica ni en un impulso de las exportaciones, pero sí han encarecido y desordenado las cadenas logísticas internacionales. Las rutas que habían encontrado un equilibrio pospandemia vuelven a sufrir tensiones: puertos congestionados, sobreoferta de contenedores y movimientos especulativos de carga.

Analistas consultados por GlobalPorts interpretan este fenómeno como un “reajuste geoeconómico” que va más allá de la coyuntura comercial entre Estados Unidos y China. En el mediano plazo, podría derivar en una relocalización de flujos hacia puertos del Golfo y la Costa Este, más diversificados en origen y destino. Esa tendencia, de consolidarse, podría alterar los mapas de conectividad marítima en todo el continente.

El impacto en la cadena logística global

El retroceso en los volúmenes estadounidenses también genera un efecto dominó sobre la logística internacional. La menor demanda de importaciones libera capacidad de transporte marítimo y presiona a la baja las tarifas de flete, al tiempo que aumenta la competencia entre terminales y navieras por captar carga.

Para América Latina —y particularmente para los exportadores argentinos— esta situación abre una doble lectura:

  • por un lado, posibilita tarifas más competitivas y un alivio en los costos logísticos de exportación;
  • pero, por otro, incrementa la volatilidad del mercado naviero, con sobrecapacidad temporal y menor previsibilidad en las rotaciones de buques.

En un escenario donde las grandes economías buscan reducir su dependencia de China, las cadenas de suministro regionales podrían ganar protagonismo estratégico, siempre que logren estabilidad política, infraestructura eficiente y marcos regulatorios previsibles.

Mirar hacia adelante: lo que viene en 2026

Los analistas de Ti advierten que, pese al volumen récord del tercer trimestre, el cierre de año será más débil y los niveles de movimiento podrían caer por debajo de los 2 millones de TEUs mensuales si persisten las tensiones comerciales. De mantenerse esta tendencia, 2026 podría iniciarse con una estructura logística más competitiva pero también más frágil, marcada por la incertidumbre y la búsqueda de nuevos equilibrios globales.

La coyuntura de los puertos estadounidenses es un recordatorio de que la logística internacional se ha convertido en un barómetro inmediato de la política económica global. Cada decisión arancelaria, cada movimiento en los precios de la energía o cada restricción en los flujos comerciales se traduce en un impacto directo sobre la infraestructura portuaria, el transporte marítimo y los costos del comercio exterior.

Para los actores de la región, el desafío no pasa solo por adaptarse a los cambios, sino por anticiparlos con información, cooperación y estrategia. Porque, como muestra la experiencia de Los Ángeles, incluso los puertos más eficientes del mundo pueden ver alterado su rumbo cuando la política comercial cambia el viento.

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