La región enfrenta un doble desafío: reducir emisiones para alinearse con los compromisos globales y, al mismo tiempo, sostener su participación en el comercio internacional. ¿Es posible una transición justa y equilibrada para las flotas y puertos latinoamericanos?
Por Violeta García, GlobalPorts
La carrera hacia la descarbonización del transporte marítimo se acelera a nivel mundial, con nuevas regulaciones, presiones fiscales y desarrollos tecnológicos que están reconfigurando las bases del comercio global. En julio de 2023, los países miembros de la Organización Marítima Internacional (OMI) acordaron una estrategia para alcanzar emisiones netas nulas de gases de efecto invernadero hacia 2050, con metas intermedias al 2030 y 2040.
Este acuerdo, recientemente respaldado por las Naciones Unidas, marca un punto de inflexión para un sector que hasta ahora había quedado al margen de los grandes compromisos climáticos. Pero mientras las grandes navieras del hemisferio norte ya avanzan en el desarrollo de buques propulsados por metanol verde, amoniaco o hidrógeno, en América Latina crecen las preguntas sobre cómo adaptar infraestructuras, flotas y marcos regulatorios sin aumentar las desigualdades ni perder competitividad.
Transición ecológica bajo presión económica
La transición energética implica altos costos de inversión en nuevas tecnologías, eficiencia energética y combustibles alternativos. A esto se suma el creciente impulso para aplicar un impuesto global al carbono en el transporte marítimo, una medida que, según el Instituto de las Américas, busca encarecer los combustibles fósiles e incentivar el desarrollo de energías limpias, pero que también podría afectar desproporcionadamente a las economías menos desarrolladas.
En este contexto, el reto para América Latina es doble: cumplir con los estándares ambientales internacionales sin quedar rezagada en el comercio marítimo, y lograr que la transición sea socialmente justa y económicamente viable.
¿Dónde está el combustible del futuro?
Mientras algunas navieras como Maersk o CMA CGM lideran el uso de metanol verde en sus nuevos buques, informes como el publicado recientemente por MarineLink recuerdan que el sector aún no ha encontrado su “Santo Grial energético”. El amoniaco y el hidrógeno verde son prometedores, pero su desarrollo y disponibilidad a escala global siguen siendo limitados.
Para América Latina, esto significa que aún hay margen para participar en la construcción de una nueva matriz energética marítima, siempre que haya coordinación entre sector público, empresas navieras, puertos, fabricantes y organismos multilaterales.
Una oportunidad para no quedar fuera
En lugar de ver esta transformación como una amenaza, la región podría posicionarse estratégicamente si invierte en infraestructura portuaria verde, políticas de incentivos, corredores logísticos sostenibles y cooperación internacional.
El desarrollo de “puertos verdes”, la electrificación de muelles y la digitalización del tráfico marítimo son pasos necesarios para modernizar el ecosistema logístico sin perder relevancia global.
Pero todo dependerá de una pregunta crucial: ¿podrá América Latina articular una estrategia común para navegar esta transición sin quedar relegada?






