El cierre del Estrecho de Ormuz ya destruyó millones de barriles de demanda diaria. Los principales traders de petróleo advierten: tres meses bloqueado y el mundo entra en recesión. El impacto ya es visible en puertos, navieras y cadenas de suministro.

GlobalPorts | Energía y Logística 

Hay chokepoints que, cuando se interrumpen, no solo detienen barcos: detienen economías. El Estrecho de Ormuz —apenas 39 kilómetros en su punto más angosto, entre las costas de Irán y Omán— es el paso marítimo más sensible del planeta desde el punto de vista energético.

Desde el 28 de febrero de 2026, cuando Estados Unidos e Israel iniciaron operaciones militares contra Irán, ese corredor está prácticamente cerrado al tráfico comercial normal, con consecuencias que ya se sienten en toda la cadena logística global.

La advertencia más reciente llegó de la cúpula misma del trading mundial de hidrocarburos. En la cumbre FT Commodities Global celebrada en Lausana, representantes de Gunvor Group, Trafigura y Vitol Group coincidieron: la caída del consumo podría duplicarse el próximo mes hasta alcanzar los 5 millones de barriles diarios —alrededor del 5% del suministro mundial— y podría desencadenar una recesión global si el estratégico estrecho permanece cerrado durante tres meses.

El cuello de botella energético más crítico del mundo

Para dimensionar el problema, basta con los números habituales de Ormuz en tiempos de paz. Sus dos carriles marítimos unidireccionales facilitan el tránsito de aproximadamente 20 millones de barriles de petróleo por día, lo que representa cerca del 20% del comercio marítimo global de petróleo, proveniente principalmente de Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Irak y Qatar. En 2024, el 84% de los envíos de crudo a través del estrecho estaban destinados a mercados asiáticos, siendo China el receptor de aproximadamente un tercio de su petróleo por esa vía.

Pero el Estrecho de Ormuz no solo mueve crudo. La interrupción afecta aproximadamente al 25% mundial de gas natural licuado (GNL) y entre el 20 y el 30% de los fertilizantes globales, incluyendo el 35% de la urea y el 45% del azufre. Una crisis que, en consecuencia, no impacta solo a las refinerías: también alcanza a la industria petroquímica, la agricultura y la generación eléctrica a escala planetaria.

El desplome del tráfico: de 3.000 buques mensuales a un goteo

El colapso operativo es histórico. Antes de que comenzaran los ataques a finales de febrero, unos 3.000 buques solían transitar mensualmente por el estrecho, según Lloyd’s List Intelligence. Hoy ese número es una fracción ínfima de lo que fue: apenas unos 80 buques atravesaron el estrecho en la semana del 13 al 19 de abril, frente a los aproximadamente 130 o más tránsitos diarios registrados antes de la guerra.

Las consecuencias humanitarias dentro del sector también son severas. Alrededor de 20.000 marineros de cientos de buques —incluidos petroleros, gaseros y cargueros— quedaron bloqueados en el Golfo Pérsico, incapaces de cruzar el estrecho. La Organización Marítima Internacional (OMI) y otros organismos internacionales han pedido la habilitación de un corredor seguro para los buques comerciales, hasta ahora sin resultado concreto.

Los armadores y las navieras: sin prisa por volver

La postura de la industria naviera es inequívoca. Los grandes armadores sostienen que garantizar la seguridad de la navegación es la prioridad absoluta, y que mientras haya riesgo, los buques no van a cruzar ese paso. MSC, Maersk y Hapag-Lloyd fueron las primeras líneas en suspender sus tránsitos por la zona.

El costo financiero para el sector es descomunal. Las compañías navieras están gastando 340 millones de euros adicionales por día en costos de combustible como consecuencia del conflicto en el Golfo, dado que el 99% de la flota mundial opera con combustibles fósiles y está directamente expuesta a la volatilidad del mercado energético.

A eso se suma el efecto en los seguros marítimos. En los días previos a los ataques, las primas por riesgo de guerra en el estrecho treparon del 0,125% a entre el 0,2% y el 0,4% del valor asegurado por tránsito. Para los grandes petroleros, eso representó un incremento de aproximadamente un cuarto de millón de dólares por viaje.

La demanda destruida que los mercados no ven

El economista jefe de Trafigura, Saad Rahim, identificó una paradoja que preocupa especialmente a los analistas: los precios de referencia en los mercados de futuros se mantienen relativamente contenidos, mientras que el costo de los cargamentos físicos y de productos como el combustible para aviones y el diésel se disparó.

La explicación está en dónde se concentra el impacto real. La destrucción de demanda está ocurriendo en lugares que no son centros visibles de fijación de precios, principalmente en Asia y Medio Oriente: la nafta y el etano utilizados en petroquímica, y el gas licuado empleado para cocinar. Productores petroquímicos en China, Japón y Corea del Sur han recortado operaciones, limitando la fabricación de plásticos. En el sudeste asiático, campos de arroz listos para cosecha permanecen sin trabajar por el aumento de los costos de combustible y fertilizantes.

El dato más contundente llega de la Agencia Internacional de Energía: todo el crecimiento de la demanda petrolera previsto para 2026 se ha evaporado por primera vez desde la pandemia de 2020. En lugar del aumento de 730.000 barriles diarios proyectado al inicio del año, la AIE ahora anticipa una leve caída de 80.000 barriles diarios.

Las rutas alternativas: necesarias pero insuficientes

Ante el cierre efectivo de Ormuz, el mundo busca desvíos. Arabia Saudita dispone del oleoducto Petroline, con capacidad para transportar 5 millones de barriles diarios hacia el Mar Rojo. Los Emiratos Árabes Unidos construyeron el oleoducto Habshan-Fujairah, que permite sacar crudo directamente al Golfo de Omán. Sin embargo, estas alternativas solo cubren una fracción del volumen habitual. Y no existe ninguna ruta equivalente para el gas natural licuado de Qatar, que depende exclusivamente del paso por Ormuz.

Para los operadores que ya rediseñaron sus cadenas de suministro, los costos son concretos y elevados: los retrasos medios en las cadenas que dependen del Golfo Pérsico se ubican entre 15 y 25 días, especialmente en sectores como la automoción, la electrónica y la química.

Un punto de inflexión para la logística y el comercio marítimo global

El escenario que describen los traders es el de un sistema que ya está ajustando, pero que podría verse forzado a hacerlo de forma mucho más abrupta. Los tiempos de tránsito se vuelven inciertos, los puertos alternativos comienzan a saturarse y la planificación logística pierde precisión. Cada embarque deja de ser un proceso lineal y se convierte en una gestión constante de riesgos.

Como advirtió Rahim: «Si esto continúa, simplemente no hay suficientes moléculas. Alguien tendrá que quedarse sin suministro. Eso implica una contracción de la actividad económica«. Frederic Lasserre, de Gunvor, fue más directo: si no hay ninguna reapertura en tres meses, «el mundo está a punto de caer en recesión, y entonces habrá un ajuste masivo de la demanda«.

Hay señales de negociación entre Washington y Teherán, y los precios del crudo bajaron desde sus picos de 126 dólares por barril hasta valores en torno a 95 dólares ante esas perspectivas. Pero la incertidumbre persiste, y con ella la presión sobre toda la cadena: puertos, armadores, refinadoras, importadores, exportadores y consumidores finales.

Ormuz lleva décadas siendo el nervio más expuesto del comercio energético mundial. Lo que la crisis de 2026 deja en claro es que esa vulnerabilidad no era hipotética.

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