La reconfiguración del comercio global vuelve a tensarse, y el impacto podría sentirse también al sur del continente.

Redacción GlobalPorts

Con apenas seis meses en su segundo mandato, el presidente Donald Trump ha vuelto a empuñar el arma preferida de su primer gobierno: los aranceles. Esta vez, el destinatario fue Canadá, su mayor socio comercial, a quien impuso un gravamen del 35 % sobre las importaciones que no estén amparadas por el T-MEC. La medida, que entrará en vigor el 1 de agosto de 2025, fue anunciada por el propio mandatario en un mensaje público difundido en su red Truth Social.

La decisión sorprendió por su magnitud y por marcar un regreso formal a la confrontación comercial, luego de meses de aparente distensión con los socios del hemisferio norte. En paralelo, Trump también lanzó una advertencia directa a la Unión Europea, anticipando una carta con medidas similares que podrían escalar hasta aranceles del 20 %.

¿Por qué vuelve a escalar el conflicto?

Trump justificó la medida acusando a Canadá de actuar “con represalias en lugar de cooperar”, en alusión a los gravámenes que Ottawa aplicó en respuesta a las rondas anteriores de aumentos. Pero el trasfondo va más allá del comercio: Washington insiste en que sus vecinos no hacen lo suficiente para frenar la migración irregular y el tráfico de fentanilo, que el gobierno republicano vincula con la crisis sanitaria por opioides en EE.UU.

Desde el lado canadiense, el primer ministro adjunto y portavoz de comercio internacional, Mark Carney, ratificó en la red X que Canadá “seguirá defendiendo a sus trabajadores y empresas” en las negociaciones en curso. El tono, aunque firme, busca evitar una ruptura mayor antes del plazo límite de agosto.

Europa, bajo presión

Trump también apuntó sus dardos contra Bruselas, anticipando que los países de la Unión Europea recibirán en los próximos días una misiva con nuevas condiciones arancelarias. “Quienes no negocien enfrentarán aranceles de entre el 15 % y el 20 %”, dijo. Aunque la UE buscaba reactivar un acuerdo de arancel cero para productos industriales, las negociaciones se encuentran estancadas.

Dentro del bloque europeo, las posturas se dividen: Alemania presiona por un acuerdo que mantenga abiertos los mercados, mientras que Francia insiste en no ceder a las exigencias unilaterales de Washington. El riesgo es que Europa quede atrapada entre la necesidad de mantener acceso al mercado estadounidense y la defensa de su soberanía comercial.

Impacto para América del Sur

Aunque estas tensiones parecen lejanas, los países del Cono Sur no son espectadores neutrales. Un cambio en los flujos comerciales globales puede abrir oportunidades, pero también riesgos. Por ejemplo, si productos europeos o canadienses son expulsados del mercado estadounidense, podrían redirigirse a Latinoamérica, presionando a los productores locales con competencia extra-regional.

A la vez, sectores como la minería, los alimentos y la energía podrían encontrar nuevas chances de exportación si Washington necesita reemplazar proveedores. Sin embargo, esto dependerá de la capacidad de adaptación logística y política de los gobiernos sudamericanos.

Más allá de las oportunidades coyunturales, la realidad es que la lógica del comercio global vuelve a fragmentarse, alejándose de los marcos multilaterales. Para América del Sur, esto implica la necesidad urgente de estrategias comerciales propias, menos dependientes del humor de las potencias y más enfocadas en la diversificación y la integración regional.

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